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El abuelo Manolo

Ayer por la tarde pasó una cosa muy rara. La tía Carmen vino a buscarme al cole y yo quería contarle todo lo que había ocurrido ese día: que la profe de inglés nos había enseñado una canción de unos animales que vivían en una granja. Que había marcado un gol en el partido de fútbol durante el recreo. Que Marta se había chivado de que Arturo le tiraba bolas de papel en clase. Que me había tocado el papel de pastora en la función de fin de curso. Que había juntado un montón de hojas de morera para mis gusanos de seda.

Pero a la tía Carmen, que siempre se está riendo y haciendo el tonto como si fuera una niña pequeña, parecía que esta vez no le interesaban mucho todas las cosas que le contaba. Entonces me dijo que había pasado algo muy triste. El abuelo Manolo se había muerto, me explicó, y se le saltaron las lágrimas sin querer.

Yo ya sabía lo que era morirse. En las pelis a veces se mueren los actores y Flecha, la gata de mi amiga Candela también se murió cuando se cayó dentro de un pozo en el pueblo. Pero no me podía imaginar cómo era que se muriera el abuelo Manolo.

El abuelo Manolo era viejito, se cansaba mucho cuando salía al parque conmigo, resoplaba y me decía que no corriera tanto. Y a veces se quedaba dormido en el sofá y el periódico se le resbalaba de las manos,  Pero otras veces tenía fuerzas y me hablaba de cuando él era un niño y no había tele y se podía jugar en la calle porque tampoco había muchos coches. Y me daba unos caramelos que se pegaban a los dientes y que él siempre tenía escondidos en alguna parte. Y también me daba raciones de mimos, como él siempre decía. Ahora el abuelo se había muerto y yo no me podía imaginar cómo era eso.

En casa todos estaban tan tristes como la tía Carmen. Mamá hablaba por teléfono para arreglarlo todo. Y, mientras tanto, en el cuarto de estar, papá, los tíos y una señoras consolaban a la abuela Victoria. Y yo, pues claro, también me puse a darle besos para que se le pasara la pena.

Seguía sin imaginarme muy bien como era que lo de morirse y la abuela me contó que el abuelo Manolo ahora se había ido al cielo. No todo entero, sólo lo de dentro, el alma, me dijo. Como era tan bueno, Dios quería que estuviera allá arriba con él.

En la cocina estaba la prima mayor, Lucía, preparando para todos un té muy rico que había traído de las vacaciones en La India. Ella pensaba distinto de lo que es morirse. Me habló de una cosa muy rara que es la reencarnación. Una persona cuando se muere, luego vuelve a vivir convertida en otra persona o en un árbol o en una piedra. Algo así como mis gusanos de seda, que dentro de unos días ya no serán gusanos, sino mariposas.

Yo ya no sabía muy bien qué pensar de lo que es morirse y por eso también le pregunté a papá cuando vino a acostarme por la noche. Él ya no quería que yo pensara más en eso, pero como le insistí tantas veces, acabó explicándome que no se cree mucho lo del cielo y tampoco lo de la reencarnación. Pero piensa que cuando alguien se muere y lo entierran, pues vuelve a la tierra y así ayuda a que crezcan las plantas y las plantas luego son la comida de los animales y los animales de las personas. Es el ciclo de la vida, me dijo. Cómo papá es biólogo, siempre está hablando de la naturaleza.

Cuando me desperté hoy por la mañana, casi todos se habían ido al cementerio, pero a la tía Carmen no le gustan ni los cementerios, ni los hospitales, ni nada de eso. Así que se había quedado para cuidarme y para ordenar la casa, porque luego iba a venir mucha gente para estar con la abuela.

Yo seguía hecha un lío con eso de lo que es morirse, así que también le pregunté a ella mientras me hacía el desayuno. La tía Carmen tampoco lo sabe muy bien, también los mayores se hacen líos con esas cosas, me explicó. Ella a veces piensa que el abuelo nos mira ahora desde el cielo, como dice la abuela Victoria. Otras se imagina que va a convertirse en otra persona, como dice la prima Lucía. Y otras, cree que va a ayudar a que crezcan las plantas, como dice papá. La tía Carmen no sabe qué es lo que pasa de verdad cuando uno se muere.

Hoy es sábado y no hay cole. Y como los mayores no quieren que yo piense mucho en todo eso, le han dicho a Elena, mi vecina del tercero, que se venga a casa. Nos hemos puesto a jugar al escondite y yo me he buscado un sitio muy bueno dentro de la despensa. Elena no ha sido capaz de encontrarme y allí me he quedado yo apretujada un buen rato, entre el cubo de la fregona y el aspirador. Y, mientras esperaba, en un rinconcito, detrás de unas latas, he descubierto la bolsa de los caramelos que se pegan a los dientes y que el abuelo siempre tenía guardados para mí. Y me he metido tres de golpe en la boca. Y se me ha ocurrido que el abuelo Manolo está muerto, pero no del todo. He pensado que ahora está escondido dentro de mí, como en un juego. No sé muy bien lo que es morirse, pero me parece que el abuelo Manolo me va a seguir dando raciones de mimos. Luego se lo he contado a todos, a mamá, a papá, a la abuela Victoria, a la prima Lucía, a la tía Carmen. Y  creo que en eso todos están de acuerdo. Y me parece que ahora están un poco menos tristes.

Ya me voy

No queda nada